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Puchero sagrado
Jorge Azziz (ruta90km9@adinet.com.uy)
La estadística mundial es contundente y no deja lugar a dudas: la inseguridad alimentaria en el mundo es cada vez mayor. Esto quiere decir que un número cada vez más importante de personas no logra generar una dieta que permita cubrir sus necesidades nutricional básicas, generándose así diversas situaciones de mala alimentación. Entre ellas el hambre.
Hay quienes opinan que el hambre es la manifestación biológica de una enfermedad social. Y es una definición compartible. Lo paradójico es que el otro factor de la ecuación, la disponibilidad de alimento, ha ido en constante aumento en las últimas décadas, al menos en cantidades producidas.
Muchas personas creen que todo este asunto de la seguridad alimentaria es una cuestión de idealistas fanáticos que insisten en denunciar que por detrás de los números, otra realidad se esconde. Lamentamos decir que es una percepción bien equivocada. Podrá -y es cierto- no integrar las prioridades de los gobiernos de esta parte del planeta, pero hay en el orbe organizaciones de indudable prestigio que se encargan de monitorear estas situaciones. Tal es el caso de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO por sus siglas en inglés). ¿Hay alguien que sin sonrojarse se anime a decir que es una estructura de desestabilizadores y fundamentalistas radicales? Más bien todo lo contrario. Sigamos entonces con lo que dice la FAO: “Por lo general se define la seguridad alimentaria como el acceso de todas las personas, en todo momento, a los alimentos que se requieren para llevar una vida saludable y activa”.(1)
De qué hablamos
Excluyendo algunas situaciones de hambre bien focalizadas que deberían estar adecuadamente diagnosticadas y atendidas luego de dos años largos de gobierno casi progresista, se puede afirmar que el Uruguay está padeciendo situaciones de inseguridad alimentaria que merecen que se tomen rápidas medidas. El Instituto Nacional de Alimentación (INDA) debería poder romper el brete en el que se encuentra metido y atender ese problema, algo que parece muy difícil por ahora porque la atención de la pobreza le está robando todas las fuerzas. El resto son declaraciones de intenciones que bien podrían presentarse en la próxima campaña preelectoral. “El principal determinante subyacente de la inseguridad alimentaria del hogar es la pobreza. Esta situación en Asia, África y América Latina, afecta a una gran parte de los habitantes en áreas urbanas y rurales. Se afirma que no todas las personas pobres se encuentran desnutridas, pero casi todas las personas desnutridas son pobres”.(2)
Para lograr la seguridad alimentaria tres elementos resultan indispensables: 1) abastecimiento suficiente de comestibles; 2) estabilidad en el suministro durante todo el año y de un año a otro y 3) acceso físico y económico a los alimentos, lo que requiere capacidad y recursos para producir u obtener todos los necesarios para el hogar y cada uno de sus miembros.
La de todos los días
Hay un aspecto de la seguridad alimentaria que es la que más nos preocupa hoy: la dimensión doméstica, el acceso diario al alimento de la doña que va con la chismosa al boliche del barrio o a la feria a dejar uno a uno en el mostrador los pesos de un bajo salario o menguada jubilación. Es ahí donde se está sintiendo la necesidad de intervención estatal que permita, sin demora, salir de la actual situación, que no es coyuntural y que llegó para quedarse. Debe de ser entonces pensada en el cortísimo plazo y, a la vez, en el largo.
Aumentar la disponibilidad de alimentos por encima del crecimiento de la producción de los productos agropecuarios tiene que ser la meta. Pero cuidado, no es lo mismo alimento que producto agrícola como nos han inducido a creer - equivocadamente (y en muchos casos intencionalmente)- los planificadores del desarrollo. Dudamos que torcer el actual presente esté en la agenda de nuestros gobernantes, se llamen Tabaré o Julio. El andar ha permitido batir varios récord de producción. Sin embargo, la gente se encuentra con la imposibilidad de mantener una dieta nutricional y culturalmente adecuada.
La problemática de la carne está en la discusión de todos los días, las verduras - entre otras cosas por motivos climáticos- se han vuelto mercadería de lujo y los precios de los alimentos provenientes de los cereales también se han disparado por efecto de la variación mundial del stock de granos y sus consecuencias: alza en la bolsa de Chicago y “rebote” (nueva palabreja mágica de los analistas económicos) en los países emergentes que tras muchos vericuetos provocaron el aumento del precio del fideo tipo “mostacholi” en el pueblo La Lechuza. Lo peor es que los vecinos, ignorantes, andan puteando al bolichero del lugar.
¿Será posible volver a comer un buen puchero con pirón como aquél de antaño si sólo baja el precio de la carne? Habrá que esperar. Mientras tanto, y aunque sea pa’ la cena, el café negro con fariña puede ser un sustituto.
(1) http://www.fao.org/index_es.htm
(2) FAO, Mejoramiento de la seguridad alimentaria en el hogar; en http://www.fao.org/sof/sofi/index_es.htm
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